Hongos que limpian la tierra: biorremediación fúngica | Cosecharte
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Por qué esta noticia importa
Cada vez que pensamos que ya entendimos lo que puede hacer un hongo, el reino fungi nos muestra una capacidad nueva. Durante mucho tiempo los vimos solo como alimento o, más recientemente, como aliados del bienestar. Pero por debajo de esa conversación hay una realidad todavía más asombrosa: los hongos son, probablemente, los organismos más hábiles del planeta para transformar materia compleja en algo distinto. Descomponen madera, metabolizan compuestos que ningún animal podría procesar y, según muestra una investigación reciente, incluso pueden ayudar a limpiar suelos contaminados con metales pesados.
Ese es exactamente el terreno —literal— que está explorando un equipo de investigación en Connecticut, Estados Unidos, y que nos recuerda por qué en Cosecharte miramos al reino fungi con tanto respeto: no como una moda, sino como una de las tecnologías biológicas más antiguas y sofisticadas que existen.
Lo que encontró el estudio
Un equipo del Departamento de Ciencias de Plantas y Arquitectura del Paisaje de la Universidad de Connecticut (UConn), liderado por la investigadora doctoral Paulette Goyes y la profesora Mia Maltz, está investigando si ciertos hongos pueden ayudar a remediar "brownfields": terrenos industriales abandonados y contaminados que hoy requieren métodos de limpieza costosos y disruptivos, como excavar y trasladar toneladas de tierra hacia rellenos de residuos peligrosos.
El sitio de estudio es un antiguo terreno de una fábrica de hachas en Collinsville, Connecticut, activa hasta la década de 1960, cuyo suelo quedó con niveles muy altos de plomo. El equipo inoculó muestras de ese suelo con dos especies de hongos con historial como biorremediadores: el hongo tigre nativo (Lentinus tigrinus) y la conocida seta ostra (Pleurotus ostreatus). La idea central es que estos hongos pueden, según el contexto, inmovilizar metales pesados —haciéndolos menos disponibles para moverse hacia el agua o la cadena alimentaria— o incluso hiperacumularlos en su propio cuerpo fructífero, lo que permitiría luego cosechar y concentrar ese material para reducir el volumen de residuo peligroso.
Los primeros resultados de laboratorio son alentadores: todos los tratamientos con hongos elevaron el pH del suelo, lo que puede favorecer formas de plomo menos biodisponibles. Como explica Goyes, el reto ahora es entender bien la movilidad de esos metales antes de avanzar a pruebas en campo real. El equipo ya presentó estos hallazgos en el encuentro anual de la Sociedad Micológica de América y planea escribir una propuesta de financiamiento para restaurar el sitio de Collinsville con el tratamiento que mejor funcione.
Lo notable no es solo el resultado técnico, sino la lógica detrás: usar el micelio —esa red subterránea que un hongo despliega para explorar, sensar y metabolizar su entorno— como una herramienta de transformación ambiental circular, reduciendo desechos de una industria para resolver el problema de otra.
Desde Cosecharte: lo que los hongos hacen afuera, también lo hacen adentro
Esta investigación es un buen espejo de por qué trabajamos con hongos funcionales: su genio biológico no se queda en el suelo, se traduce también en el cuerpo humano.
La Melena de León (Hericium erinaceus) es, en cierto modo, la versión celular de esa red de micelio que se expande con inteligencia: se le asocia con la estimulación del factor de crecimiento nervioso (NGF) y el factor neurotrófico derivado del cerebro (BDNF), moléculas clave para la neuroplasticidad, es decir, la capacidad del cerebro de formar y reorganizar conexiones. Así como el micelio "explora" el suelo contaminado para procesarlo, estas vías de señalización ayudan a que nuestras propias redes neuronales se mantengan adaptables ante los desafíos del entorno.
El Reishi (Ganoderma lucidum) conecta con otra parte de la historia: la regulación frente al estrés. Los hongos de este estudio deben lidiar con un entorno hostil —metales pesados, condiciones ambientales cambiantes— y encontrar equilibrio en medio de esa presión. En el cuerpo humano, el Reishi se asocia tradicionalmente con el soporte del eje HPA (hipotálamo-hipófisis-adrenal), el sistema que regula el cortisol y nuestra respuesta fisiológica al estrés, ayudando a que el organismo no se quede "atascado" en modo de alerta.
Y el Cordyceps militaris nos recuerda que toda esa capacidad de transformar y remediar requiere energía. Los procesos enzimáticos que usan los hongos para degradar o movilizar compuestos complejos son, en esencia, maquinaria metabólica de alta demanda energética. En nuestras propias células, el Cordyceps se vincula con la producción de ATP, la molécula que literalmente alimenta cada proceso biológico, desde pensar con claridad hasta sostener el esfuerzo físico del día.
Para empezar hoy
No hace falta un laboratorio para empezar a relacionarse con esta inteligencia fúngica: basta con observar cómo el cuerpo responde cuando le damos herramientas de adaptación reales. Si te interesa explorar el soporte cognitivo, el manejo del estrés o la energía celular con hongos funcionales, lo más importante es partir con dosis conservadoras, dar tiempo (semanas, no días) para notar cambios, y prestar atención a cómo se siente tu cuerpo.
Esta información es educativa y no reemplaza un tratamiento médico. Si tienes condiciones preexistentes o tomas medicación, consulta a un profesional de salud antes de incorporar suplementos.
Fuente: Elaina Hancock, "Ameliorating the Brownfield Burden with Help from Mushrooms", UConn Today, 3 de agosto de 2026. Leer la nota completa
Imagen: crédito Jason Sheldon/UConn Photo. Ver imagen original